El oscuro plan de Cristóbal Colón: quiso esclavizar indios para lucrar, pero la reina Isabel lo frenó

La figura del almirante y su controvertido legado regresan a la actualidad empujados por los ataques y el debate sobre el significado de sus estatuas.

«Cristóbal Colón es un personaje perturbador. Al fin y al cabo, condujo la gesta más notable de la historia de la humanidad, pero aún así circulan en torno a él múltiples misterios». La reflexión pertenece al hispanista Hugh Thomas y resume a la perfección la compleja figura del almirante ¿genovés? —ni sobre su origen hay certezas irrebatibles—. El marino que descubrió el Nuevo Mundo lleva varios años sometido al escrutinio de los valores del siglo XXI, y de su legado, sobre todo desde EEUU, se destacan prácticas de esclavitud y extrema violencia. De ahí el movimiento popular para retirar sus estatuas, que ha saltado ya el Atlántico y amenaza a uno de los monumentos más icónicos de Barcelona. ¿Pero qué hay de cierto en estas cuestiones? ¿Cómo de reseñables son estas sombras?

En la madrugada del 11 al 12 de octubre de 1492, las carabelas de la expedición de Colón avistaron la orilla de una tierra que era totalmente desconocida para los ojos europeos. Así lo dejó reflejado en su diario de abordo: «A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní».

Al poco de desembarcar, se les acercaron varios grupos de indígenas: gente desnuda y con tez oscura que se sorprendió de la llegada de unos marineros de piel blanca, ropajes extraños y un idioma desconocido. La primera vez que el navegante pisó tierra firme en América describió a los habitantes de las islas caribeñas como «gente mansa, tranquila y de gran sencillez». Los llamaban «taínos». Pero allí no había ni oro, ni especias, ni sedas. Luego saltaron a otras islas, como Cuba y Santo Domingo, bautizadas como Juana y La Española.

Todo en un principio fluyó como un intercambio pacífico entre nativos y españoles: los primeros agasajaron a sus visitantes con pequeños objetos de oro, mientras que Colón y su tripulación respondieron con baratijas —zapatos, gorros de tela, collares cuentas— que causaron una tremenda fascinación en los antillanos. Sin embargo, el almirante, un hombre culto guiado por la avaricia y el ansia de lucrarse, no tardó en darse cuenta de que allí no había los tesoros esperados. «Colón ve que las islas y los indígenas son pobres y piensa que la única ganancia está en comerciar con esclavos«, explica a este periódico el historiador Juan Eslava Galán, autor de La conquista de América contada para escépticos (Planeta).

En el regreso de ese primer viaje, Colón se llevó consigo a diez nativos —según el almirante los que quisieron subir voluntariamente a las carabelas—, de los que tan solo llegarían seis con vida a la Corte de Isabel y Fernando. Era uno de los presentes que el navegante brindó a los Reyes Católicos por haber financiado la expedición. Aunque también, según indicó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, Colón pensó en aquellos indios como herramienta para aprender su extraña lengua y utilizarlos como intérpretes facilitando la colonización: «Para que cuando aquestos acá tornasen, ellos y los cristianos que quedaban encomendados a Goacanagari, y en el castillo que es dicho de Puerto Real, fuesen lenguas e intérpretes para la conquista y pacificación y conversión de estas gentes».

Así empezarían las idas y venidas de Colón a las Américas. En noviembre de 1493, apenas un año después del primer e histórico viaje, Cristóbal Colón regresó al Nuevo Mundo presumiendo de los títulos de virrey y gobernador general de las Indias Occidentales con la primera partida de hombres destinada a colonizar las tierras descubiertas. Más de un millar de personas llegaron este segundo viaje, el más espectacular y con el que más presupuesto se contaba. Aparte de marineros, había funcionarios, agricultores, mineros, artesanos, ganaderos con sus animales y clérigos: había que evangelizar a aquellos seres salvajes.

El «tirano» Colón

A los tres meses de haber desembarcado en América comenzaron los problemas. La tierra no era tan fértil como se pensaba y el hambre se generalizó entre los colonos. Además, se había extendido la noticia de que aquellos indefensos indios habían aniquilado a los 39 españoles que el almirante había provisto con munición para un año en el asentamiento de La Navidad. Consuelo Varela, historiadora y experta en la figura del almirante genovés, relata en La caída de Cristóbal Colón: el juicio de Bobadilla (Marcial Pons) que nada salió según lo previsto: «Había carpinteros que no sabían coger un hacha, y mineros que eran incapaces de distinguir el oro de una aleación, se quejaba Colón».

Comenzarían así una oleada de deserciones, reducciones de raciones y pequeñas revueltas. Para más inri, los indígenas se percataron de que la estancia de los colonos no sería pasajera tras la edificación de tantas fortalezas en sus tierras. A falta de recursos, Colón llegó a decretar que todo indio de más de 14 años de edad tenía que entregar una cierta cantidad de oro cada tres meses. Quien no lo hiciera se enfrentaba a una pena que consistía en cortarles la mano y dejarlos morir desangrados.

El navegante se granjeó enemigos entre los indígenas americanos… y los españoles. A las repetidas rebeliones y alzamientos contra su gobierno, el navegante siempre respondió «con la misma barbarie que había mostrado con los indígenas». Tal y como explica Varela, hasta sus más allegados le calificaban como «tirano» tanto a Cristóbal como a sus hermanos, e impidieron por todos los medios posibles el bautismo de los indígenas para que estos pudieran ser vendidos como esclavos.

Pulso con Isabel I

La amistad entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón fue una montaña rusa. Su trato no solo estuvo guiado por la cordialidad, sino que mantuvieron una relación estrecha que con el paso de los años terminaría deteriorándose. Desde un primer momento, la reina Isabel de Castilla mantuvo que los indios debían ser tratados correctamente pese a que el cultivado explorador consideraba que «con cincuenta hombres podría someter a todos ellos y obligarles a hacer todo lo que deseara«.

Esos pensamientos esclavistas de Colón deben ser contextualizados en su época. En Europa había un comercio muy importante de esclavos: los portugueses, sobre todo, se desplazaban hasta la costa africana para conseguir y vender mano de obra negra; y por otra parte, esta práctica estaba considerada legítima si se hacía en medio de una guerra justa —los cristianos capturando musulmanes, por ejemplo—. Y el descubridor, como buen hombre de su tiempo, atisbó en esas comunidades indígenas una fuente de riqueza. «Pero la reina Isabel se opone y hasta devuelve al Nuevo Mundo alguno de los barcos con nativos que había enviado Colón», detalla Eslava Galán.

La monarca mostró así unas dudas que terminarían germinando en la redacción de una legislación que buscaría proteger a los indios y devolverles su libertad —que culminaría en las Leyes Nuevas de 1542, ya con Carlos V en el trono—: «Nos querríamos informarnos de letrados, teólogos e canonistas si con buena conciencia se pueden vender estos. Y esto no se puede facer fasta que veamos las cartas que el Almirante nos escriba, para saber la causa porque los envía acá por cautivos», reflexionaba Isabel la Católica.

La época del almirante genovés como gobernador de La Española es cuanto menos polémica. De hecho, el controvertido Bartolomé de Las Casas calificó como «granjería» el comercio de esclavos de Colón. A este le daban igual las palabras de la reina, ya que pese a ser obligado a abandonar su proyecto de enviar hasta 4.000 esclavos a Europa a 1.500 maravedís la pieza, seguía capturando a los indígenas en el Nuevo Mundo: «Tenía determinado de cargar los navíos que viniesen de Castilla de esclavos y enviarlos a vender a las islas de Canarias y de las Azores y a las de Cabo Verde y dondequiera que bien se vendiesen», señaló de Las Casas sobre el almirante.

«Lo que se dice de Colón en este caso es absolutamente cierto», valora Eslava Galán, llamando también la atención sobre las exageraciones del fraile dominico que ayudaron a conformar la leyenda negra. Y el historiador destaca un hecho importante en este debate: «A Colón ni siquiera en su época le dieron una gran importancia. Lo insultaron porque había mentido a Fernando, a quien no podía ni ver, pero su figura se dispara a finales del siglo XIX, con la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento. Ahí es cuando se erigieron muchas de las estatuas que se vandalizan ahora. Fue la época de las grandes olas de inmigración desde Italia a Nueva York, y los italianos, que se sentían ciudadanos de segunda, valoraron mucho la figura de Colón, les dijeron a los estadounidenses: ‘Todo esto lo tenéis gracias a que uno de los nuestros lo descubrió'».

Prohibida la entrada a las colonias

Ante las noticias de desórdenes y la pésima gobernanza de los hermanos Colón, los Reyes Católicos decidieron enviar a La Española a un administrador real en 1500 para obtener un diagnóstico más profundo. «Nos habemos mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador desta, que vos hable de nuestra parte algunas cosas quél dirá: rogamos vos que le deis fee e creencia y aquello pongáis en obra», le escribieron los reyes a Colón. El mensaje estaba claro: iba a ser destituido como virrey.

El encuentro entre ambos se hizo de esperar. Colón no tenía ninguna intención de reunirse con él y no sería hasta un mes después de que Bobadilla llegara a La Española cuando el almirante entró en razón. Mientras tanto, a Bobadilla le dio tiempo, no sin encontrar resistencia, de conocer la administración de las colonias y de cómo el virrey había ejercido su poder de manera déspota e injusta, con presos sin siquiera haber tenido juicio alguno.

El informe, de 46 páginas y que recogía testimonios de 23 testigos, fue demoledor: Cristóbal Colón era un tirano, y se demostraba con hechos. Bajo su mandato se registraron subastas de personas en la plaza y se ejecutaron crueles castigos. A un chico que descubrieron robando trigo le cortaron las orejas y la nariz, le colocaron unos grilletes y le convirtieron en esclavo. A otra mujer que se atrevió a decir que el almirante era de clase baja y que su padre había sido tejedor, su hermano Bartolomé ordenó cortarle la lengua y pasearla desnuda por las calles a lomos de un burro. Cristóbal se mostró orgulloso de su prójimo por defender el honor familiar.

Tanto el almirante como sus hermanos fueron detenidos y encadenados, y los metieron  en un navío cuyo destino era Castilla. Apunta la investigadora Consuelo Varela que los enemigos de Colón acudieron al puerto y tocaron sus cuernos para que los recién apresados pudieran escuchar desde la lejanía la tierra que habían descubierto y que ahora abandonaban rumbo a la Península Ibérica por la fuerza. Sería indultado y aún emprendería dos viajes más hacia el Nuevo Mundo, pero en el último (1502- 1504), ya ni siquiera pudo pisar La Española: los Reyes Católicos se lo habían prohibido.

FUENTE: El Español (Cultura e Historia)

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