SAN SIMÓN Y SAN JUDAS, Y EL MILAGRO QUE SALVÓ A LA CIUDAD DE SAN MIGUEL…

La historia me ha enseñado que sólo aparecen los actos heroicos en las derrotas y en los desastres.
Anatole France

A Cacho Valdéz

Atardecer del 28 de Octubre del año de Nuestro Señor de 1578 en la ciudad de San Miguel de Tucumán.
El Teniente de Gobernador Don Gaspar de Medina se movía nerviosamente en la habitación del rancho, una rústica construcción de paredes de ladrillos de adobe y techo de paja por donde se filtraba el viento terroso que se había levantado.

 

El olor a la lluvia cercana impregnaba el aire pero el agua bienhechora no terminaba de descargarse de los cielos. Hacía días que amenazaba llover pero la tormenta parecía dar vueltas sobre el poblado para aligerar su furia en las montañas vecinas.
Medina, un hombre criterioso, maldecía por lo bajo al gobernador Gonzalo de Abreu y Figueroa, organizador de la expedición que había partido recientemente en búsqueda de la mítica ciudad de los Césares. La aldea tucumana había quedado habitada por tan sólo 18 hombres capaces de tomar las armas. El resto eran mujeres, niños y ancianos. Algunos muy enfermos.
Alrededor del pueblo, rodeado de una endeble empalizada, las naciones indígenas renegaban de estos intrusos que venían a cambiar su mundo. Entre ellos estaban los temibles yanaconas y los indómitos calchaquíes, quienes aborrecían a los recién llegados. Sólo el armamento superior de los españoles ponía respetuosa distancia entre ellos.
Si algo infundía temor a los indígenas eran las armas de los blancos. El ruido ensordecedor de los arcabuces que bramaban al dispararse, la luz que emitía la detonación y la lengua de fuego que expulsaba esos proyectiles redondos que producía heridas pavorosas. Ello sumado a la estela de humo espeso con extraño olor dulzón que picaba la lengua, llenaba de espanto a los naturales, a quienes les parecía cosa de brujería. Además los barbados poseían cascos escudos y pecheras relucientes, en las que rebotaban las hachas, lanzas y flechas de punta de pedernal.
El uso del caballo, animal desconocido en estas tierras, daba a los soldados del rey una ventaja extraordinaria. Bastaba un puñado de hombres de armas montados, para desbaratar cualquier ataque. Un solo golpe de espada de acero toledano cortaba en dos al guerrero más valiente. Las ballestas de los cristianos tenían un alcance y efectividad asombrosa. Por ello, la noticia de la partida del grueso de la tropa, corrió como yesca ardiente por el llano, valles y montañas. El pueblo de los invasores estaba desguarnecido. Una oportunidad única para destruir desde los cimientos la ciudad de los españoles.
Por indios de tribus amigas, Medina se había enterado de las amenazas del cacique yanacona Gualán, quién había jurado exterminar a los blancos. El curaca era conocido por su ferocidad, impiadoso y sanguinario como pocos. Poseía una fuerza hercúlea, además de una talla superior en tres cabezas del resto de sus contemporáneos, convirtiéndolo en un verdadero gigante para los cánones de la época. Jamás había perdido una batalla, era muy hábil para pergeñar estrategias de guerra; no había nadie más arrojado. También se lo conocía por ser un luchador temible, despiadado y cruel.
Su afán por mandar despóticamente sobre los otros, desagradaba a todos, pero su imponencia infundía temor.
Gualán supo de la partida de la expedición en momentos que se encontraba reunido en su población, con curacas vecinos del llano y calchaquíes de las montañas, para hablar de guerra. Por nacimiento y fuerza era temido, aunque no por ello querido ya que su carácter orgulloso y prepotente le daba un aire altivo. Expresaba violencia en cada ocasión que se le presentara. Sus esposas mostraban en el rostro las marcas de los golpes del temible líder tribal.
A los gritos, Gualán ordenó a los caciques reunidos que presentaran en cuatro días la totalidad de los hombres de guerra que tuvieran bajo sus órdenes. Los amenazó además, que de no concurrir, él personalmente arrasaría con sus poblaciones.
A Medina le transpiraban las manos, estaba irritable, no podía disimular su mal humor. Se sentía preso en una ratonera al cuidado de un centenar de indefensos, presas fáciles ante cualquier ataque. Como jefe militar, él no desaprovecharía una ocasión similar para destruir al enemigo. Unos días antes había mandado un emisario a la vecina ciudad de Santiago del Estero a efectos de que enviaran soldados y armamentos para reforzar la guarnición. Ordenó afilar las espadas, cargar las ballestas y tener permanentemente encendidas las brazas con las que se prendían las mechas de los arcabuces. Redobló la guardia y alertó a todos de que estuvieran prestos a defenderse de una invasión inminente. El último bastión de defensa sería la iglesia.
Los animales de granja y de trabajo fueron ingresados a la ciudad, depositados en jaulas y corrales. En el templo se guardaron tinajas con agua pura de deshielo, charqui, pan y queso de cabra. Se amontonó leña, pólvora y municiones. Todo ello en un clima febril; los habitantes iban y venían como autómatas. Algo eléctrico que se respiraba en el aire les hacía presagiar que el cerco ya se había cerrado a su alrededor. Aumentaron las enfermedades estomacales y el malestar general tenía como blanco la imprudencia de Gonzalo Abreu y Figueroa.
Cientos de indígenas se presentaron para la batalla. Gualán se golpeaba el pecho de manera desafiante, mientras arengaba las tropas a su mando con amenazas e improperios. Atacarían por la noche ya que entonces las armas de fuego españolas eran menos eficaces. La oscuridad constituía su mejor escudo para cubrirlos.
Con la aparición de la primera estrella, Don Gaspar de Medina ordenó prender las antorchas en los cuatro puntos cardinales del poblado, donde había apostado hombres armados con armas de fuego y ballestas.
Las avanzadas indígenas mataron a los soldados del lado norte y del este por donde penetraron dando alaridos y quemando los techos de paja de las casas; pronto el estallido de las maderas que se abrasaban se confundía con las voces de júbilo de los indios. Al escuchar esto, Medina supo que la suerte estaba echada. Había que luchar o morir.
Las tropas de Gualán entraron a sangre y fuego por las brechas conquistadas, mientras las casas ardían enviando chispas al firmamento, aquello era un espectáculo infernal. Muchas familias fueron sorprendidas y masacradas cruelmente, otras pudieron escapar al templo, única construcción que tenía techo de tejas y paredes de piedra; además de una única puerta de madera de quebracho, lo que la convertía en una fortaleza. Mientras su comandante ponía orden y dirigía la defensa, las mujeres oraban al Cristo, a su Madre, a los Santos…
Esa noche los cielos estaban cargados de lluvia como no se había visto antes. Desde el norte avanzaban nubes oscuras que se encendían y apagaban con los relámpagos. Los incendios se mezclaron con las primeras gotas que comenzaron a bajar con fuerza apagando las llamas. Los gritos de los indígenas que así se daban valor, se mezclaban con los de las mujeres y niños, desesperados ante una muerte segura.
Gualán miraba aquello con una expresión entre ferocidad y gozo. Pronto tendría en picas las cabezas de aquellos cristianos; mostraría así que no eran infalibles, que sus ciudades eran conquistables. Luego partirían a Santiago del Estero donde prenderían fuego a la ciudad madre de los conquistadores.
Don Gaspar subió a su caballo, siempre ensillado, junto al de los dos hombres de armas que conformaban su escolta y se dirigieron al galope a la puerta en llamas de la aldea. En el camino se cruzaron con algunos enemigos dispersos a los que mataron de certeros lanzazos. Una verdadera muralla humana pugnaba por ingresar al poblado; de un momento a otro la entrada se derrumbaría y entrarían a mostrarle al jefe su valor.
Fue en esos momentos, en los que caía una copiosa lluvia, cuando el portón sucumbió, dejando paso a los primeros grupos. Medina y sus hombres cargaron sobre ellos dispersándolos. Los españoles defendían las vidas de sus familias y las pocas posesiones, por lo que se convirtieron en titanes bajo el comando de su bravo jefe, quién combatía en la primera línea de batalla. Pero la superioridad numérica de las fuerzas de Gualán era pasmosa y los defensores quedaron cercados e impedidos de retroceder hasta el templo.
En la iglesia, entre llantos desconsolados, se escuchaban las súplicas al Señor. El pequeño grupo de soldados que allí resistía había abierto huecos en las paredes por donde disparaban sus armas e impedían que se incendiara la puerta de acceso. La masacre era inminente. Cuando ya la situación se tornaba insostenible, un estruendoso rayo cayó sobre los atacantes que cercaban el edificio, matando a varios y haciendo huir al resto. Las luces de los relámpagos y truenos comenzaron a confundir a los atacantes quienes creían estar siendo fusilados desde el interior del poblado.
Gualán se enfureció al ver el repliegue de sus tropas y comenzó a presionar a los que huían con sus propios hombres, quienes mataron a golpes a varios de los que retrocedían. De pronto, la figura de Don Gaspar de Medina se recortó nítida, con el telón de fondo de los incendios. Allí el ataque fue general, a lo que el castellano contestó con un contraataque fulminante; las espadas de los blancos producían una gran mortandad entre los naturales apabullados ante tanta bravura. Las flechas y lanzas parecían rebotar endebles en la coraza del español, quién desde lejos, en lengua cacán, retó a pelear al cacique. Fue entonces cuando el grueso de la tormenta pasó sobre ellos. Torrentes de agua caían de los cielos, entre truenos y rayos impresionantes.
Desde la iglesia, donde resistía la población el asedio de los atacantes, nítidamente vieron dos figuras que flotaban en el aire, allí donde los relámpagos eran más fuertes y desde donde parecían emanar los rayos que destrozaban las arboledas cercanas.
Los indígenas, espantados, retrocedieron temerosos ante el “torbellino de relámpagos”, al decir de los testigos presenciales. Fue allí cuando el ímpetu de su ataque se paró en seco.
Gualán ya no podía detener la huida general de sus hombres, por lo que llamó a los gritos al español, quién en formación de cuña, junto a sus bravos compañeros, teñidos en sangre propia y ajena avanzaban sembrando el terror a su paso.
La lucha entre ellos fue breve, Medina bajó de un salto de su caballo, y de inmediato atacó con su espada, la que hizo silbar en el aire trazando un molinete que fue a terminar en la cabeza del cacique, partiéndola en dos.
Con su jefe muerto, el desbande fue total. Los caciques, librados del yugo de Gualán, ordenaron el repliegue, cada uno a sus pueblos.
Dueño del campo de batalla, el Teniente de Gobernador Gaspar de Medina pudo observar el escenario sangriento que lo rodeaba, un tendal de indios muertos o con heridas impresionantes volvían aquello en dantesco. Los ayes lastimeros de los agonizantes acongojaban el espíritu, el olor a muerte lo envolvía todo.
La victoria fue amarga, muchas familias españolas fueron aniquiladas esa noche, otras quedaron diezmadas. Al día siguiente llegó al galope el capitán Hernán Mexia de Miraval con una gran cantidad de soldados desde Santiago del Estero en auxilio de los sitiados. Solo se hablaba de la salvación milagrosa de la población y del arrojo de Medina. El cura que había llegado desde la vecina ciudad, advirtió que la noche del ataque, según el santoral católico, se celebraba la fiesta de San Simón y San Judas Tadeo. Los testigos entonces señalaron a ambos como los autores del milagro, consagrándolos Vicepatronos de la Ciudad.
El nombre de Don Gaspar de Medina fue inmortalizado en la memoria de los tucumanos, quienes siempre estimaron el valor personal de los hombres.

Nota: En la actualidad en la Iglesia Catedral de San Miguel de Tucumán, se observa un mural donde se plasma la escena del ataque al poblado defendido por Medina y en los cielos, las figuras de los santos protectores.

*José María Posse.

Del Libro: María Pampa, Relatos y Devocionarios del Tucumán.

* José María Posse, presentó recientemente su libro titulado “Bernabé Aráoz, El Tucumano de la Independencia”. Se trata de un homenaje a Bernabé Aráoz, héroe cívico y militar de las Batallas de Tucumán y Salta, primer gobernador la provincia, precursor del federalismo institucional, un hombre clave en el proceso de independencia de nuestro país. En este trabajo, además de su destacable valor historiográfico, Posse muestra un camino pacífico y objetivo de presentar una realidad polémica.

Posse es abogado, escritor e historiador. Docente universitario, terciario y secundario. Cofundador del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán. Coautor del proyecto turístico Ruta del Azúcar (hoy ley provincial).

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