¿A quiénes no debería recibir el papa Francisco? Autor: Gerardo Daniel Ramos

En varias ocasiones hubo gente que vino a preguntarme por qué el Papa recibe en Roma a ciertas figuras públicas de nuestro país que en algunos sectores sociales (¿oficialistas?) no gozan de buena prensa, o que incluso están sospechadas de corrupción.

O por qué les hace llegar rosarios. O por qué parece siempre tan dispuesto a conversar con quienes hacen un contra juego desde el bando opositor. La lista es larga y su confección data ya desde el anterior ciclo político: Cristina Fernández, Hebe de Bonafini, Guillermo Moreno, Milagro Sala, y ahora también los padres de Santiago Maldonado y Alejandra Gils Carbó.
Lo primero que se me ocurre decir es que Jesús se vinculó con mucha y variada clase de gente, entre los cuales hubo santos y pecadores. Entre estos últimos podríamos recordar a Zaqueo, al hombre rico, a la mujer adúltera, a María Magdalena, al “buen ladrón”, a Judas y también a Pedro. Casi todas estas personas no se acercaron a Jesús porque fueran buenas, sino que en todo caso llegaron a ser buenas porque se acercaron a Jesús. Jesús fue “fiel” a estos vínculos “hasta el extremo” (Juan 13,1): hasta último momento buscó la redención de cada uno, invitándolos a recapacitar y convertirse.
De ahí que acercarse al Papa no sea garantía de ética personal ni de transparencia administrativa. Más aún, es posible que muchos lo hagan, como en realidad siempre aconteció a lo largo de la historia de la Iglesia, para intentar “blanquear” su imagen o proceder. Esto es típico en el modo mundano de actuar: porque “los hijos de este mundo son más astutos en su obrar que los hijos de la luz” (Lucas 16,8). Por esto mismo, si el Papa sólo recibiera a quienes se presentasen con carné de santos, también actuaría mundanamente y no sería imagen de Jesucristo.
Intuyo que, como Jesús, de igual modo Francisco intenta ser fiel “hasta el extremo” a las personas con las que se ha ido vinculando a lo largo de su vida, no importando el modo o motivo por el que esta relación haya comenzado, y procura como pastor rescatar en ellas su original condición de hijos e hijas de Dios. En este sentido, quienes esperen que el Papa únicamente reciba o se vincule con quienes estén en condiciones de probar buena conducta, reputación y honorabilidad, deberían más bien remitirse a otro tipo de organizaciones, por ejemplo, la masonería.
No es propio del Papa tener que impugnar socialmente la conducta moral de nadie, a no ser de miembros de la Iglesia en cuanto tales y con justificadas razones para evitar males mayores. La Argentina es una república con instituciones propias, e investigar, sobreseer, imputar, procesar y en todo caso condenar a un ciudadano es propio de la justicia penal. Para esto no se necesita de ninguna “venia” ni bendición del exterior. Sólo la desidia en el correcto funcionamiento de las propias instituciones, o la falta de confianza en ellas, podría justificar que se demande algún gesto al respecto del obispo de Roma. Para ser más claros: el Papa hace bien, si así lo considera, en recibir a un funcionario público de la actual o anterior administración, y la justicia argentina también hace bien en indagar a ese mismo funcionario si está sospechado de corrupción.
Pero como teólogo me atrevo a decir algo más. La más clásica tradición cristiana afirma que no se puede tomar el nombre de Dios en vano, y que si uno realiza actos sacrílegos o se acerca a las cosas santas sin una debida actitud reverencial (particularmente a la eucaristía, pero no sólo), “come y bebe su propia condenación” (1 Corintios 11,29). No es fácil discernir los signos de los tiempos, pero algunas cosas “dan que pensar”, sostuvo el filósofo francés Paul Ricoeur. Mi convicción es que quienes buscan utilizar el mundo religioso, y al cristianismo en particular, con mezquinos fines políticos o económicos de interés propio, no acaban bien. La luz de Dios pone de manifiesto la oscuridad que hay en el corazón y comportamiento humano, y entonces la presencia santa adquiere ciertas características escatológicas, manifestando un anticipado juicio de Dios más allá de la conciencia expresa que de ello tengan los mismos ministros sagrados implicados.
En relación al bien común de un pueblo concreto (en nuestro caso, el argentino), el gobierno del Estado (es decir, la autoridad como servicio político) y el Papa en la Iglesia (entendiendo autoridad como servicio pastoral) son como los dos focos de una elipse que, para seguir siendo tal, nunca deberían superponerse, mezclarse ni confundirse. Entonces no hay contradicción en afirmar que un pastor deberá ser siempre misericordioso con todos, pero particularmente con los pecadores, y un juez, en cambio, administrar justicia a la ciudadanía. Para poner un ejemplo bien radical, Juan Pablo II visitó y perdonó en la cárcel al hombre que precisamente cumplía una condena por haber atentado contra su vida. Hacer llegar un rosario a una persona detenida o recibir cordialmente a quien antes lo injuriara ácidamente parece menos que esto.

El autor es sacerdote y Doctor en Teología.

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